Cuando el sufrimiento se vuelve tendencia
La romantización contemporánea de los trastornos mentales
Durante gran parte de la historia, los trastornos mentales fueron tratados con miedo, vergüenza, ignorancia y exclusión. La salud mental no era entendida como una dimensión legítima del bienestar humano, sino como una anomalía que debía ocultarse, corregirse o aislarse. No fue sino hasta mediados del siglo XX, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, que comenzaron a consolidarse cambios importantes en la manera de comprender el sufrimiento psíquico: surgieron nuevas clasificaciones diagnósticas, se impulsaron reformas psiquiátricas, se cuestionó el modelo manicomial y empezó a desarrollarse una visión más humana, clínica y social de la salud mental.
Ese cambio fue, sin duda, necesario. Hablar de depresión, ansiedad, trauma, TDAH o autismo con menos vergüenza y mayor apertura ha permitido que muchas personas accedan a ayuda, encuentren palabras para nombrar su experiencia y dejen de vivir su malestar en silencio. Sin embargo, como suele ocurrir con ciertos avances culturales, una causa legítima también puede deformarse cuando pierde profundidad.
En los últimos años, especialmente en redes sociales y en ciertos discursos de identidad, ha emergido una tendencia preocupante: la romantización de los trastornos mentales. Ya no se trata solamente de visibilizar el sufrimiento o combatir el estigma, sino de convertir ciertas condiciones clínicas en etiquetas estéticas, rasgos de personalidad o incluso motivos de orgullo acrítico. Y ahí es donde conviene hacer una pausa incómoda pero necesaria: una cosa es dignificar a la persona, y otra muy distinta es celebrar el trastorno.
Un sufrimiento llamado estigma
Mucho antes de que la salud mental comenzara a discutirse en términos clínicos, científicos o incluso humanos, el sufrimiento psíquico fue interpretado a través del miedo. Durante siglos, las alteraciones del pensamiento, la conducta o el estado de ánimo no fueron entendidas como expresiones complejas del malestar humano, sino como señales de corrupción moral, debilidad de carácter, castigo divino o incluso posesión demoníaca. En otras palabras, quien sufría no solo padecía su dolor: también cargaba con el peso del rechazo social.
Ese rechazo no fue abstracto. Se tradujo en prácticas concretas, muchas veces crueles. Personas con trastornos mentales fueron aisladas, encadenadas, exhibidas, encerradas en instituciones infrahumanas o sometidas a tratamientos brutales bajo la lógica de “corregir” aquello que la sociedad no comprendía. Incluso cuando la medicina comenzó a intervenir con mayor sistematicidad, no siempre lo hizo desde la dignidad. La historia de la salud mental está marcada no solo por intentos de ayuda, sino también por una larga tradición de control, exclusión y violencia legitimada.
Pero el estigma no operó únicamente a nivel institucional. También se filtró en la vida cotidiana: en las familias que escondían a un hijo “problemático”, en las escuelas que confundían sufrimiento con indisciplina, en los lugares de trabajo que asociaban un diagnóstico con incapacidad, y en los discursos culturales que redujeron el malestar psicológico a frases como “échale ganas”, “eso está en tu cabeza” o “solo estás buscando atención”. Aún hoy, muchas personas siguen sin buscar ayuda no porque no sufran, sino porque temen ser vistas como inestables, débiles o defectuosas.
Ese es, precisamente, el verdadero costo del estigma: no solo hiere desde fuera, sino que termina siendo interiorizado. Cuando una persona aprende a avergonzarse de su propia condición, a desconfiar de su experiencia o a creer que su sufrimiento la hace menos valiosa, el daño deja de ser solamente social y se vuelve también psicológico. Por eso, la desestigmatización de la salud mental no fue una moda ni un capricho cultural. Fue una corrección histórica necesaria.
De la desestigmatización a la romantización
Sin embargo, la historia no terminó con la visibilización. En las últimas dos décadas —y con mucha más intensidad en la era de las redes sociales— la conversación sobre salud mental comenzó a desplazarse hacia un terreno más ambiguo. Lo que en principio surgió como una necesidad legítima de nombrar el sufrimiento, pedir ayuda y humanizar la experiencia psicológica, en ciertos espacios empezó a transformarse en algo distinto: una estética, una identidad e incluso una forma de capital social.
En plataformas como TikTok, Instagram o X, el lenguaje clínico dejó de pertenecer exclusivamente al ámbito terapéutico, psiquiátrico o académico y pasó a circular en formatos breves, virales y emocionalmente atractivos. Términos como “trauma”, “ansiedad”, “TDAH”, “TOC”, “disociación”, “autismo” o “neurodivergencia” comenzaron a utilizarse con una frecuencia inédita, muchas veces fuera de contexto, despojados de su complejidad clínica y convertidos en explicaciones rápidas de la personalidad, el malestar cotidiano o los conflictos relacionales.
Ese desplazamiento no es menor. Cuando una categoría clínica deja de ser comprendida como una condición compleja que implica historia, sufrimiento, limitaciones funcionales y, en muchos casos, necesidad de intervención, para convertirse en una etiqueta identitaria fácilmente consumible, algo se pierde en el proceso. Ya no estamos solamente ante la desestigmatización del sufrimiento, sino ante su estetización.
La romantización ocurre precisamente ahí: cuando el trastorno deja de percibirse como una experiencia difícil de habitar y comienza a presentarse como algo “interesante”, “tierno”, “profundo”, “auténtico” o incluso deseable. Ocurre cuando la ansiedad se vuelve una especie de sensibilidad especial, cuando el Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) se reduce a “ser ordenado”, cuando el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) se presenta únicamente como creatividad caótica y divertida, o cuando la tristeza sostenida empieza a confundirse con una identidad emocional más sofisticada que el resto. No se trata aquí de negar la diversidad psicológica humana, sino de señalar una distorsión peligrosa: convertir el sufrimiento en estética no lo dignifica; lo banaliza.
Y esa banalización tiene consecuencias. Porque cuando el dolor psíquico se vuelve tendencia, contenido o rasgo de personalidad, la experiencia real de quienes viven con un trastorno corre el riesgo de ser trivializada. La persona que no puede sostener una rutina, conservar un trabajo, regular sus emociones, estudiar con consistencia, dormir, vincularse sanamente o simplemente atravesar el día sin un agotamiento mental profundo, desaparece detrás de una versión higienizada, visualmente atractiva y culturalmente rentable del trastorno.
En otras palabras: pasamos de una cultura que castigaba el sufrimiento psicológico, a otra que en ocasiones lo consume. Y aunque ambos extremos son distintos, ninguno lo comprende realmente.
La realidad del pathos
En el centro de todo trastorno hay algo que con demasiada facilidad se olvida: sufrimiento. Antes que etiqueta, antes que identidad, antes que discurso cultural, está el pathos: ese padecimiento psíquico real que atraviesa a la persona y, muchas veces, también a quienes la rodean.
Hablar de psicopatología no es hablar de rarezas interesantes, diferencias estéticas o personalidades “más intensas”. Es hablar de alteraciones en la vida psíquica que comprometen el funcionamiento, la estabilidad emocional, la percepción de uno mismo, la relación con el mundo y, en no pocos casos, la posibilidad misma de sostener una vida cotidiana con cierto orden interno. Detrás de cada diagnóstico hay una experiencia concreta de desorganización, conflicto, dolor o deterioro. Hay una persona real. Y, a menudo, también una familia, una pareja, unos hijos, unos padres o unos amigos que sufren junto con ella.
Por eso, tanto reducir el trastorno a una anomalía que debe ser expulsada de la sociedad como convertirlo en una tendencia cultural aspiracional son dos formas distintas de deshumanización. La primera castiga el sufrimiento. La segunda lo banaliza. Ninguna de las dos lo comprende.
Un trastorno, en términos simples, implica una alteración significativa en el funcionamiento psicológico, emocional o conductual. No se trata simplemente de una variación inocua del temperamento ni de una forma pintoresca de ser distinto. Un trastorno introduce desorden. Y el desorden sostenido, cuando atraviesa la mente, la conducta, la atención, el sueño, la afectividad o la relación con los otros, suele traducirse en algo mucho menos romántico de lo que hoy se presenta en ciertos espacios: caos.
Y el caos duele.
Duele no poder salir de la cama durante días y escuchar que “solo estás desmotivado”. Duele no poder detener una secuencia obsesiva de pensamientos intrusivos que exigen rituales agotadores para calmar una angustia insoportable. Duele intentar concentrarse, organizarse, cumplir, sostener una rutina o terminar una tarea, y descubrir una y otra vez que la propia mente parece sabotear incluso los esfuerzos más genuinos. Duele vivir dentro de un sistema nervioso que no se siente habitable.
Eso no es “tierno”. No es “trendy”. No es una estética. No es una identidad simpática de internet.
No es estar triste un par de días y llamar a eso depresión. No es estar preocupado por algo y llamar a eso ansiedad clínica. No es ser ordenado y decir “soy TOC”. No es ser distraído y asumir que eso basta para romantizar un trastorno del neurodesarrollo o del funcionamiento ejecutivo. Cuando se trivializa el lenguaje clínico, no solo se pierde precisión; se pierde empatía.
Y ahí está el problema de fondo. Porque sí: las redes sociales han permitido que muchas personas encuentren comunidad, palabras, identificación y una sensación de no estar solas. Eso importa, y sería absurdo negarlo. Pero una cosa es acompañar el sufrimiento y otra muy distinta es volverlo mercancía cultural, estética compartible o aspiración identitaria. Cuando eso ocurre, el dolor deja de ser reconocido en su gravedad y comienza a circular como una caricatura de sí mismo.
Y para quien realmente sufre, eso no se siente inclusivo. Se siente insultante.
Estigmatización, romantización, identificación
Decidir cuál es el camino más humano para responder al sufrimiento psíquico no es una tarea sencilla. Si hoy existe una mayor atención hacia los trastornos mentales, es porque antes existió —y con enorme crudeza— un sistema social, médico y cultural que marginó, silenció y castigó a quienes no encajaban dentro de la norma. La desestigmatización no surgió por capricho: surgió como respuesta necesaria a siglos de exclusión.
Pero toda corrección histórica corre el riesgo de deformarse. Y hoy, junto al discurso de la inclusión, convivimos también con una cultura que romantiza, trivializa y banaliza el sufrimiento mental. Ya no se expulsa al “anormal” con la misma violencia de otros tiempos, pero con frecuencia se le reduce a una narrativa simplificada, una etiqueta compartible o una identidad fácilmente consumible. En ambos extremos —el del rechazo y el de la estetización— algo esencial queda fuera de foco: el sufrimiento.
Esa ha sido, en el fondo, la tesis de este artículo: un trastorno no es solo una categoría diagnóstica, ni una diferencia que deba esconderse, ni una condición que deba volverse aspiracional. Un trastorno introduce caos. Y el caos sostenido, cuando atraviesa la mente, la emoción, la conducta o la vida relacional, genera dolor. Ese dolor, prolongado en el tiempo, se convierte en sufrimiento. Y ese sufrimiento ha sido, en buena medida, pasado por alto tanto por el viejo paradigma del estigma como por la nueva lógica de la banalización.
Quizá, entonces, el camino no sea ni volver al silencio ni seguir celebrando acríticamente todo aquello que hoy circula bajo el lenguaje de la salud mental. Quizá el camino sea otro: aprender a identificarnos con el pathos del otro.
No basta con reconocer que estos trastornos existen. Tampoco basta con repetir discursos de inclusión si no estamos dispuestos a comprender lo que implica habitar una mente en conflicto, un cuerpo en sobrecarga o una vida cotidiana marcada por la disfunción, la angustia, el agotamiento o la desregulación. La verdadera dignidad no consiste en negar el sufrimiento, sino en mirarlo de frente sin convertirlo ni en vergüenza ni en espectáculo.
Eso también aplica, por ejemplo, a ciertas formas de neurodivergencia. Reconocer que no deben abordarse únicamente desde una lógica de déficit no significa negar que muchas de ellas también conllevan sobrecarga, desajuste, exclusión, deterioro funcional o dolor subjetivo. La dignidad de la persona no exige romantizar la dificultad de su experiencia. Exige tomarla en serio.
Lo mismo ocurre con los trastornos depresivos, los trastornos de ansiedad, el trastorno obsesivo-compulsivo y tantas otras condiciones cuya realidad ha sido, demasiadas veces, reducida a caricaturas culturales. Detrás de cada una de ellas hay signos y síntomas, sí, pero sobre todo hay vidas vividas bajo una carga que no siempre se ve y que casi nunca resulta encantadora para quien la padece.
Ni la estigmatización ni la romantización saben mirar verdaderamente el sufrimiento.
Y quizá ya sea hora de que nosotros, como sociedad, aprendamos a hacerlo.
Mirarlo.
Escucharlo.
Y dejar que eso nos mueva, no a la fascinación ni al rechazo, sino a la compasión.
A eso, quizá, podríamos llamarlo una forma más honesta de humanidad: identificarnos con quien sufre.