Solo existía Damián

Camila cerró el cajón de la mesilla de noche con la mano temblorosa. La lámpara estaba a su alcance, pero no se movió. Su cuerpo permanecía rígido, como si cualquier intento fuera a romper algo por dentro.

Siempre era así.

Siempre terminaba en lo mismo.

Los rugidos se acercaron, pero no podía entender lo que decían. Ella sollozó. Sólo para eso servía: para sollozar, llorar y quejarse.

—Igual que tu madre —solía decirle su padre. —Amargando a todos en esta casa.

La mirada de su padre bastaba para congelar la casa. —Un hombre no debería ser fastidiado en su propia casa.

Camila aprendió a moverse sin hacer ruido. A existir… sin ocupar espacio.

Su hermano era el único al que se le permitía sentarse junto a Papá. Le contaba todo: cómo había golpeado a un niño de la escuela, lo bueno que era en los deportes.

—¡Ése es mi chico! —decía Papá, encendiendo su cigarro—. El Señor oyó mi clamor y me bendijo contigo.

Papá lamentaba haberse casado con Mamá porque ella sólo le daba hijas. Su vientre, por otro lado, estaba maldito. Cada bebé había muerto al nacer hasta que nació Camila. Después de ella vino su hermano: el primogénito. Papá insultaba a Mamá de muchas maneras, pero no podía divorciarse de ella; eso habría sido un escándalo. ¿Papá, el famoso pastor, divorciándose de su esposa? Eso habría aparecido en las noticias y habría tenido una reputación terrible para él y la congregación que Dios le había dado para pastorear.

Camila tragó saliva y su garganta se contrajo dolorosamente. El sabor metálico de la sangre le provocó náuseas. Ella luchó por respirar. Su cuello ardía por el hematoma que sabía estaba allí. Se sentía como un recipiente vacío, a punto de romperse en un millón de pedazos—como las estrellas que disfrutaba contemplar por la noche, deseando una vida plena.

Si pudiera ser alguien o algo más.

Si pudiera ser la niña de los ojos de Papá.

Papá decía que la maldición había entrado por la mujer.

Nunca aclaró si hablaba de Mamá… o de ella.

Nunca hizo falta.

Un grito atravesó su garganta. Era el montón de podredumbre que había almacenado a lo largo de los años. Era el dolor de la soledad, de la culpa, del arrepentimiento. Todo salió a la vez, en sollozos de desesperación, en gemidos de terror. El monstruo fuera de su habitación podía oírla y ya no le importaba.

La había seguido desde siempre. Desde la casa, desde los pasillos, desde la forma en que aprendió a bajar la cabeza antes de hablar.

Damián fue distinto desde el inicio. Con él, el ruido se apagaba. Nadie gritaba. Nadie exigía. Nadie existía. Solo él… mirándola como si no estuviera rota.

Lo encontraba detrás de la escuela, solo, con los ojos rojos. Camila se sentaba a su lado sin decir nada, amándolo en secreto, acariciando sus cabellos de fuego, amando los hoyuelos que se le formaban al sonreír y sus ojos color miel.

—Eres hermosa —le dijo una vez.

Cuando él la tomó del brazo, no se apartó. Cuando acercó su rostro, cerró los ojos. Y por un momento, solo por un momento, todo lo demás dejó de existir. Ella podía oír su respiración, viendo palpitar la vena de su cuello. Dejándose ir, Camila disfrutó del viaje al que los labios del muchacho la llevaron.

Damián fue el punto brillante en su vida. Su sonrisa era contagiosa, su risa un bálsamo para su alma herida. Él vio algo en ella que nadie más veía.

Él no la salvó.

Pero por un momento… Camila creyó que sí.

La bestia rugía sin cesar sacándola de sus recuerdos. El sonido de cristales y otros objetos rompiéndose en la distancia la atravesaron. Ella se encogió, deseando poder desaparecer. Tal vez, si lo deseaba con ahínco, podría teletransportarse a una realidad distinta, lejos del dolor, lejos del miedo, lejos de la sentencia de muerte que pesaba sobre ella.

Si pudiera volver al día en que Damián se la llevó de la casa después de haber recitado sus votos. Él era todo un caballero que la hacía sentir especial, valorada y deseada. Su piel había capturado la de ella y ella se volvió una con él. Sin Damián, ella no era nada.

Ya no existía Camila.

Sólo existía Damián.

La primera vez que Damián descargó su rabia sobre ella, Camila pidió perdón. No porque entendiera qué había hecho… sino porque sabía que así terminaban las cosas.

Aun así, ella todavía cantaba y bailaba por la casa. Los vecinos no notarían nada diferente en ella porque Camila sabía cómo guardar silencio. Ella sabía mantener su lugar debajo del hombre. Él era el guardián de su alma—el dueño de su vida.

Camila intentó moverse. Fuera de su habitación, la tormenta continuaba, trayendo truenos que hacían temblar su cuerpo. Su abdomen estaba en llamas. Su respiración se volvió rápida y superficial. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, como un ser humano inútil?

Ella sabía que su teléfono estaba al lado de la lámpara y estaba cargado. También sabía que no había nadie a quien pudiera llamar. ¿Quién la defendería del monstruo? ¿Quién podría derrotar a la bestia? Él era poderoso. Todopoderoso. Él se había alimentado de sus miedos, conocía su alma, sus secretos y sus decepciones. Él era el asesino que acechaba sus pesadillas, persiguiéndola con sus garras, listo para matarla.

Un monstruo que ella había ayudado a construir.

Como se construyen todos: poco a poco… en silencio.

¿Acaso era su culpa estar relacionada con su hermano? ¿Acaso era su culpa que su hermano intimidara a Damián cuando estaban en la escuela? ¿Acaso era su culpa que ella se pareciera físicamente a su hermano? ¿Por qué habría ella de ser culpada por la genética?

Detrás de la brillante armadura vivía un monstruo, un dragón que había estado dormido y un hombre que había sido quemado en el pasado y ahora estaba lleno de rencores.

Ella vio al caballero. Ella vio al héroe. Ella vio el amor. Pero sólo existía Damián.

Estoy bien con mi ser.

Camila tarareaba una de las canciones que le encantaba cantar en la iglesia de Papá. De alguna manera esa canción la había ayudado a superar toda la miseria de su vida.

Estoy bien con mi ser.

Cuando Papá golpeaba a Mamá.

Estoy bien

Cuando Papá la golpeaba a ella.

Estoy bien

Cuando Damián empezó a golpearla.

—…con mi ser —susurró, pero su voz ya no le pertenecía.

Camila ya no podía vivir así. El arma estaba a su alcance. La recogió, sintiendo el peso en su mano. Era el final.

Damián subió las escaleras gritando, llamándola nombres que Papá jamás habría usado contra Mamá. ¿Por qué un hombre que había jurado amarla actuaba de esa forma?

Él golpeó la puerta exigiendo que Camila la abriera. Ella se encogió de nuevo, esta vez debajo de la cama. La bestia atravesó la puerta con los ojos llameantes de furia. La agarró por el cabello, arrastrándola violentamente antes de golpearle la cara contra el suelo.

—Lo siento —suplicó Camila con voz apenas audible. —Perdóname.

Él no respondió, solo continuó con su furia, una y otra vez.

En ese momento algo cambió.

No fue valor, fue otra cosa.

Camila levantó el arma. No pensó. No dudó. El disparo rompió todo. El eco resonó por la casa. En ese instante, con su último aliento, Camila supo que finalmente era libre. Había encontrado una salida, una que Damián jamás podría arrebatarle.

La policía llegó poco después.

Encontraron a Damián desplomado sobre Camila, con una herida abierta en el pecho. Ella yacía inmóvil, con los ojos entreabiertos y una calma extraña en el rostro.

Nadie dijo nada al principio.

En esa casa, por primera vez, el silencio no pesaba.

Y Camila… por fin dejó de ser alguien más.

FIN

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Cuando el sufrimiento se vuelve tendencia